El vino rosado está en un momento excelente. Muchas bodegas peninsulares ya no buscan solo frescura o estilos ultraligeros. Además, la mayoría de estas expresiones se encuentran cómodas con técnicas tradicionales, variedades locales y crianzas algo más largas de lo normal. María Barrena, por ejemplo, desarrolla dos proyectos muy distintos entre Navarra y el Penedès. En Azul y Garanza, junto al desierto de las Bardenas, elabora un rosado de tempranillo y garnacha mediante sangrado, una técnica típica de los tintos de gran calidad. “Vendimiamos un poquito antes para conseguir mayor frescura y acidez”, explica. Allí el clima extremo y los suelos pobres generan uvas con un sabor muy concentrado. En Cataluña, en Entrevinyes, la línea de elaboración cambia completamente. El rosado incorpora sumoll, garnacha y una pequeña proporción de xarel·lo.
En Ribera del Duero, Territorio Luthier reivindica el clarete como parte esencial de la identidad de la zona. Cristina Alonso recuerda que “en Ribera se hizo clarete durante siglos”. Sus vinos proceden de viñedos viejos mezclados, donde conviven variedades blancas y tintas plantadas juntas. Fermentan en hormigón, pasan por barrica y evolucionan lentamente en botella. El resultado son claretes de guarda, tensos, estructurados y alejados del rosado convencional. “Son vinos tremendamente versátiles y gastronómicos”, resume. Por otro lado, en Requena, Pago de Tharsys trabaja un rosado de garnacha muy delicado visualmente, inspirado en ciertos perfiles provenzales pero con más profundidad en boca. En él, Rebeca García buscaba “un vino que reflejara el terroir y no solo un rosado fresquito”. La elaboración combina una breve maceración con pieles, fermentación en acero inoxidable y crianza posterior sobre lías en barrica, aportando textura y amplitud.

Más radical es el caso de Pequeños y Salvajes, un proyecto en la Sierra de Gredos. Su vino Tiremos Pieles nació de forma accidental a partir de un tempranillo demasiado ligero para convertirse en tinto. La solución fue añadir pieles de distintas variedades en la fermentación. “Fue prueba-error”, dice Victoria Sánchez.


